sábado, 6 de diciembre de 2008
Algo le decía que el tiempo que pasaban juntos era valioso, como si necesitara atesorar cada minuto por si acaso fuera el último. Él era demasiado bueno para ser verdad, en su compañía vivía la magia de cada momento, tanto así que concluyó que aquello no podía durar para siempre. Ninguna de sus buenas épocas había durado; ninguna de las personas que habían iluminado su vida había logrado permanecer a su lado. Basándose en su suerte hasta la fecha, por puro miedo a perder algo tan especial, se limitaba a aguardar el día en que ella se marcharía. Fuera quien fuese ella, lo estaba curando, le estaba enseñando a sonreír, a reír, y el se preguntaba qué podía enseñarle a ella. Lo que más temía era que algún día su amor, aquella mujer cariñosa de ojos tiernos, se daría cuenta de que el no tenía nada que ofrecer, y que ella tampoco podía darle nada porque alguien había acabado por dejarle sin recursos...